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Los caminos no marcan líneas

Los caminos no marcan líneas

Valeria Zamora

Los sueños son fotografías que nunca sucedieron, pero se sienten. Al despertar solo recuerdas pedazos cortos, manchas coloridas, borrones y cortes.

Todos los días te levantas con la sensación de que vives más dormida que despierta. Caminas por la cocina animada de colores. Una estufa escabrosa es el centro de atención, enseguida de los variados cubiertos del cajón azul. El piso es de un azulejo tocado con blanco que forma mosaicos, los cuales producen dolor de cabeza. Al girar a la derecha encuentras un cuadro que muestra un paisaje claustrofóbico en época de lluvias, no hay nadie en la habitación además de nosotras. Tratas de poner un banco marrón para subir a las repisas y encontrar el cereal de dinosaurios. De pronto, el banco que antes te daba la estabilidad, comienza a balancearse mientras el piso se descompone como gelatina líquida. El horrible mosaico empieza a formar caras deformes que parecen estar gritando. Tratas de sujetarte con mucha fuerza de tu equilibrio único, pero el banco cede a la descomposición y caes. No emites un solo ruido. Te veo pronto.

―Buenos días, hija.

―Hola…

Te encuentras en la realidad: una pequeña habitación rosa chillón con miles y centenares de peluches que sustituyen a la hermanita que mamá no puede parir. En fin, no es su culpa. El doctor le dice que debió querer tener hijos siendo más joven, ahora no hay remedio. Tratas de hacer sentir mejor a mamá, llenar ese espacio. Ese lugar rojo que aparece en tus pesadillas y proyecta la imagen de un espectro no nacido, el esperado, el no logrado.

―¿Llevas tu cámara? Te llevo a la escuela y después vamos con la abuela.

―Sí.

Encuentras pequeñas piedras antes de llegar al auto, algunas son tornasol, mientras que otras mantienen un verde mohoso gracias a las lluvias que se dan en esta parte del bosque. Mamá quería un lugar lejos, apartado. Dice que así vive más tranquila. A veces no dice nada por muchas horas y tú te quedas dormida. Aparecen círculos amarillos por la carretera mohosa y húmeda que nos conduce a la escuela. La línea de la carretera se une a los círculos que están dulcemente acomodados en los picos de las montañas, después aparece un ciervo con un listón rojo en los cuernos. No te gusta el color rojo, a mí tampoco. Es el color de la sangre y me han dicho que sangrar es malo. Ya he sangrado y puedo decir lo mismo.

Mamá te toma del impermeable azul y da unos movimientos de súplica para que rompas el silencio con la voz; no lo haces.

―Llegamos, espero que tengas un buen día.

―Sí.

La primaria es gris.

Aparecen en tu vista pequeñas insignias que parecen fósiles de insectos viejos.

La circunferencia del patio tiene una línea roja en donde a veces juegan espectros de color piel.

El juego consiste en ponerse alrededor y tomarse de las manos, mientras dos niños corren en círculo de los que se sujetan para cortar su unión. La descripción no importa mucho, solo recuerda: cortados y rotos se transforman y convierten por un listón rojo.

Tú los observas en un árbol feroz que extiende sus ramajes para abrigarte de las miradas, los ruidos y los miedos. Sacas tu cámara y comienzas a fotografiar las ramas que marcan el compás de las pisadas. Un crujido, un paso, un golpe, algo que se rompe. De pronto estás afuera del colegio, esperando a la abuela somnolienta. Los pájaros te miran, pero ya te fuiste. No te alcanzan.

Escuchas una conversación entre madre y la abuela. Mamá comienza a describirte: una pequeña niña de piel grisácea y cabello rojo. Dice que tienes las mejillas hundidas y los ojos saltones. Que tus ojos dan miedo. Dan miedo porque parece que observas de más, no superficialmente como los otros, no de forma positiva. La abuela jura y perjura que tienes sus ojos y que son hermosos. Da un sorbo al té y vuelve a la pequeña sala, pero tú ya estás dormida. Por eso te lo cuento, para que lo recuerdes. Sueñas con ojos que expulsan sangre en el patio trasero de la abuela, esa escena no te produce miedo, sino que resulta preciada para ti. Tus ojos fotografiando a mamá llorar. Tus ojos rompiendo la foto de papá. Tus ojos que miran a través del lente. Tus ojos cuando encierras manchas rojas por la cámara. Tus ojos amorosos cuando ves a la abuela servirte galletas. Tus ojos cerrados.

Ahora estás recostada en el patio trasero viendo el atardecer con mamá y la abuela. Te digo todo esto para que lo recuerdes. Para que me recuerdes. ¿Recuerdas esas tardes de naranja cuando comías tarta de manzana y chocolate caliente, cuando mamá te acariciaba el cabello y decía que el cielo tiene colores distintos para que las personas tomen fotografías de él; para encantar tus ojos, para que se enamoren de los colores? Sacas tu pequeña cámara vieja sabor chocolate añejo, apuntas a los colores y haces clic. Un clic hacia el cielo, otro donde está la abuela y un último a mí, aunque no me puedas ver.

―¿Te gusta estar con nosotras?

―(Di que sí) Sí.

Ya es de noche y te veo bajar por un vaso de agua a la cocina. Que niña más simple, pero tus sueños no son simples. Los sartenes comienzan a tomar forma de pájaro y a volar por la cocina. Los pájaros que no te vieron, te alcanzan. Alcanzas a agazaparte en el piso para no recibir una picada o un golpe, lo que tu imaginación crea esencial evitar. Pero de pronto, recibes el toque detrás de la nuca, caes y las ideas se aclaran. Yo me aclaro y por primera vez en mucho tiempo, aparezco frente a ti. Tenía mucho sin aparecer por tus sueños, sin hablar contigo de frente. Te levantas y me dices esas dulces palabras:

―Vete de aquí, te odio.

Pero no me voy, nunca me voy. No me voy porque soy el listón rojo, el camino que no marca líneas, la fotografía que no puedes borrar, el lugar que no puedes abandonar. Aunque te desprendas, mi sitio está a tu lado. Existimos una por la otra, somos fotografías que nunca fueron tomadas, pero se sienten. Estamos llenas de manchas coloridas, borrones y muchos cortes.

Sobre la autora

Valeria Zamora, 22 años. Estudiante de Letras Hispánicas. Actualmente soy creadora del club de lectura Rincón de Asteria, donde cada mes leemos a una autora para comentar nuestros intereses en común con el texto. Sigo trabajando en otros proyectos que incluyen la difusión de la literatura escrita por mujeres y leídas por mujeres, así como espacios para poder crear. Me gusta ir a tomar el cafecito con las amigas, ver anime, hacer collage y jugar videojuegos.

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