La chica de la biblioteca
Maleni Cervantes
Maleni Cervantes
Las indicaciones al entrar en la biblioteca eran claras. Estaba prohibido enamorarse de la chica de las notas. No porque fuera mala, sino por las sorpresas a las que te aventuraba.
Al igual que cualquier otro cartel institucional, ignoré aquella información. Entré en el lugar como lo haría en cualquier otra biblioteca. El asunto no me parecía para nada arriesgado, era cuestión de segundos. Caminar al pasillo indicado. Tomar el libro que buscaba. Llevarlo al mostrador. Hacer el registro del préstamo. Salir de ahí. ¿Qué podría resultar mal?
Pues bien, al entrar en ese mundo, me di cuenta de que más bien parecía un universo. Un montón de pasillos con miles de libros que simulaban las murallas más altas y firmes que pudiese imaginar.
Todo el lugar estaba impregnado de un olor a polvo y papel viejo, cloro y limpiador. Comencé a marearme. Libros de pasta roja, verde, amarilla, azul, blanca, negra, morada, rosa… Tantos colores, texturas. Hojas amarillas, papel bond, papel periódico…
Esa biblioteca era el típico laberinto creado para que nadie pudiera salir en menos de cinco horas. Al menos, eso era lo que parecía. Caminé velozmente al pasillo que buscaba. Mi mirada estaba en el piso, no quería cruzarme con la de nadie más. Ese lugar era un hábitat desconocido para mí y no sabía qué tipo de criaturas me podía topar.
«Trasssss», escuché. El caer de un libro sobre el piso. Un eco aturdió mis oídos. ¿Qué había sido aquello? Para ser un lugar silencioso, el estruendo causado por el impacto había taladrado mi interior.
Levanté la vista. No había nadie a mi alrededor. ¿Había sido yo quien tumbara el libro? Me coloqué en cuclillas y me dispuse a recogerlo. Estuve así un momento. En la portada yacía una mujer con playera amarilla y corbata negra. Entrecejo fruncido. Una luz destellante era la causa de la mueca. Pero ¿y el título? Tampoco tenía contraportada, ni nada que diera una señal de qué texto se trataba.
Me levanté en busca de una mesa de libros por ordenar. No había ninguna a la vista. Cargué el libro conmigo, a la salida podría entregarlo para que lo acomodaran. No obstante, la chica que llevaba entre brazos me susurraba cosas inentendibles, su presencia me causaba cierto nerviosismo.
Mi corazón bombeaba cada vez más sangre. Mis mejillas se coloreaban entre rojizas y rosadas. Mi pecho subía y bajaba a gran velocidad. Mis pasos golpeaban sutilmente en el piso produciendo un «clac, clac» prácticamente imperceptible, mas tan sonoro en el fondo de mi pensamiento.
Pasillo D, estante M, letra M con intersección en la V. Me aturdí de sólo pensarlo. Era un laberinto del que no podría escapar jamás. A mi izquierda una serie de cosas por aprender; a mi derecha, una recopilación de datos que brillaban de pulcritud.
Apreté el paso. Deseaba huir de ahí. Ese lugar me llenaba de miedo, escalofríos. Mi cabeza daba vueltas. Yo estaba a punto de desmayarme. Mi cuerpo se detuvo. Mis manos abrieron aquel libro. Ya no me podía controlar.
Me cegué al instante. Percibí una nota escrita plasmada con tinta negra, cuales garabatos refinados. Suspiré. Tomé aire. Suspiré. Cerré los ojos. Los abrí y me dispuse a leer.
Todas las líneas trazaban un rostro. Pareciera que se tratara de uno de esos pictogramas de alguna diosa antigua. Ceja bien trazada. Cabellos alborotados. Par de ojos perdidos. Un lunar dentro de uno. Otro lunar en la punta de la nariz.
Curiosidad. Esa es la palabra que describe lo que sentí en aquel momento. Una mujer desconocida para mí, entonces y ahora. La observé por veinte minutos. A mi alrededor, mi respiración tranquila y pausada era lo único que se escuchaba. Todo simulaba una normalidad que aturdía.
Salí del trance. Faltaban quince minutos para que cerraran la biblioteca y yo no encontraba ni mi libro ni la salida. Estaba perdida en un mar infinito de palabras y cuentos de hadas, y otros no tanto.
Corrí. Los quejidos de cansancio me recordaban el esfuerzo que estaba haciendo. Corrí en dirección recta, no había salida. No había otro pasillo. Ese era el único y era infinito.
Mis piernas temblaron. Mis ojos derramaron lágrimas curiosas que anhelaban aventurarse al exterior. Mis manos dejaron caer el libro misterioso. Trasssss. Me recargué en uno de los estantes. Cerré los ojos. Sudor helado bañaba mi rostro. Piel pálida. Cuerpo distraído.
«Trasssss», el sonido otra vez presente. Ahí estaba ella. La mujer del libro. La chica de los garabatos. Me miró directo a los ojos. Colocó una de sus manos sobre mi mejilla. La acarició con cariño. Sonrió. Una punzada en el pecho. Sus labios en los míos. Un beso. Calor. Punzada, de nuevo. Su respiración acelerada cerca de mi oído. Un estremecimiento. Otra punzada. Caricia inesperada. Inconciencia.
Todo se volvió negro en un segundo. No hay recuerdos que continúen mi aventura en dicha biblioteca. La mañana siguiente desperté en la cama de un hospital cercano. Un desmayo, quizá un infarto, nadie supo darme una explicación lógica a lo ocurrido.
Mejoré rápido. A la semana estaba frente a la puerta de la biblioteca. El cartel seguía ahí, ahora sí que me llamó la atención. Entré corriendo en el lugar. Quería, necesitaba encontrar el libro de nuevo. Pero lo que ocurre una vez, no acontecerá una segunda, así eran ella y sus palabras.
Al caminar a lo largo de la biblioteca, me di cuenta de algo. Era un lugar pequeño y acogedor. Cinco pasillos conectados entre sí. Estanterías de seis pisos únicamente. ¿Qué sucedió con el lugar infinito de mis recuerdos? ¡No lo sé!
Llegué al pasillo del libro que esperaba encontrar en mi primera visita. Portadas azul marino. Dentro, una carta. Era ella. La fragancia me lo decía. Se olvidará el tacto de la piel sobre la piel, pero nunca el aroma del coincidir.
Abrí la nota. Frente a mis ojos leí una promesa de amor que, así como la observé, se esfumó entre mis dedos. La carta se desintegró poco a poco hasta convertirse en un escurrir de tinta para conformar las palabras del capítulo primero de aquel texto.
Pedí prestado el libro. No regresé jamás. Era cuestión de una espera interminable, ella no se volvería a manifestar, pero la llevé conmigo entre esas páginas indiscretas.
Ahora, despierto en la madrugada. Me siento frente a la lamparilla de noche. Hojeo el libro. Leo una y otra vez esa página que fue escrita frente a mis ojos. Podría decir que sé de memoria las palabras, al igual que el contorno de su cuerpo en las palmas de mis manos y eso que no la pude sentir, no del todo.
La biblioteca cerró, dejó de existir. Visitante que llegaba, persona que se llevaba consigo el libro que le recordaba a su amada. Todos nos enamoramos de la chica de las notas, pese a las advertencias, pese a las noches de insomnio y desesperación.
Maleni Cervantes nació en Yahualica de González Gallo, Jalisco. Actualmente, es egresada en la licenciatura de Letras hispánicas en la Universidad de Guadalajara. Ha llevado a cabo distintos talleres de literatura y creación literaria para el Centro de Bachillerato Tecnológico-Agropecuario no. 32 en Yahualica, Jalisco; en algunas preparatorias de la Universidad de Guadalajara —como parte de Luvina, la revista literaria de dicha institución—; y, en el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades —como parte del Colectivo Estudiantil—. Como escritora, ha publicado en distintos fanzines, además de ser finalista en el concurso Luvinaria 2020.