Libro, testimonio y objeto personal
Mario Alberto
¿En qué momento nos apropiamos de un libro? Quizá cuando le quitamos la envoltura de plástico. Tal vez después de haber leído la última palabra del último párrafo de la última página. ¿Será cuándo lo rescatamos del anaquel olvidado de la librería? ¿O tal vez en ese instante, mucho tiempo después de haber terminado la lectura, cuando entendemos sin darnos cuenta el significado de aquella frase oscura? Soy un ferviente partidario de las fronteras difusas y los procesos. No creo en el instante preciso en el que las cosas se transforman, sino que hay una interacción entre dos partes, en la que poco a poco ambas se influencian y transforman entre sí. Definitivamente cuando una persona termina de leer una obra no es ni la misma persona, ni esta representa lo mismo para ella. Aunque estoy escribiendo sobre «libros», quiero hablar del libro como objeto, ajeno a las palabras que encierran sus páginas, pero incapaz de despegarse del marco discursivo que posee en la cultura occidental contemporánea. Un objeto de culto, que dispara un sinnúmero de connotaciones ―la mayoría positivas y casi siempre sin distinción del contenido textual―. No percibimos igual a alguien que sostiene un celular en un parque y a quién sostiene un libro. A pesar del gran valor que le atribuimos, me parece que olvidamos (o hemos olvidado) la parte más esencial entre la solidaridad entre lector y libro; nos negamos a apropiarnos de ellos.
Toda sociedad tiene sus rituales. Tanto las civilizaciones de lanza y taparrabo como las de wifi y café soluble. Así como al ganado se le marca con hierro al rojo vivo para identificar su propiedad, a los libros se las hacía un exlibris, una especie de sello que indicaba su pertenencia a una biblioteca, tanto pública como personal. Los autos, bicicletas y cualquier otro tipo de medio de transporte particular van acompañados de aditamentos que lo vinculan con quién los poseé, una calcamonía, un portavaso, cobertores de asientos, etcétera. Nuestro cuerpo mismo, que paradójicamente es parte de nuestro ser y a la vez un espacio que habitamos, es también un objeto con marcas de quiénes somos. Tatuajes, perforaciones y otras modificaciones estéticas, pero también las cicatrices, marcas de vida. Un clon puede imitar rostro, estatura y pelo, pero jamás tendrá esa herida en la rodilla de la infancia, esa mordida del perro rebelde, los tachones de aquel defensa despiadado, la cesárea del primer hijo, los callos en la mano del albañil. Alterar un objeto con un propósito es hasta cierto punto, hacerlo un poco menos ajeno.
El libro contemporáneo dista mucho de los míticos y para nada baratos códices medievales. Johannes Gutenberg y muchos otros genios antes y después de él han contribuido a que sea más barato y accesible tener ese objeto de culto a la mano y por montones. En el sentido económico más básico, un objeto «vale» según la dificultad que presupone producirlo. Y un libro no es difícil de producir en la actualidad. Más si sólo consideramos el material y no proceso intelectual que lo respalda, tanto de autores como editores, artistas y diseñadores. Un libro moderno, con tirajes de diez mil ejemplares y reimpresiones continuas es un objeto tan genérico como un vaso desechable de café. Vale por su contenido y no como objeto en sí. Y lo que poseemos es el objeto. Habíamos afirmado que el libro era un objeto de culto sometido a ciertos rituales, uno de los más prominentes es conservarlo intacto, como si fuera una tierra deshabitada. Un territorio en el que ningún ser humano ha puesto siquiera la mirada. Creo que un libro es justamente lo contrario, son las calles de una gran ciudad. Debe ser la memoria y no la negación de las manos que han pasado por él.
¿Cuál es la diferencia entre un ejemplar que mantengo intacto en mi librero después de haberlo leído cuatro veces y sus hermanos perdidos en la librería de la que lo compré? No opto por un tipo de marcas de apropiación; las acepto todas mientras mantengan legible al texto. Existe una diferencia entre vandalismo e intervención. Hay ejemplares en bibliotecas universitarias que son patrimonio de generaciones enteras que han recurrido a él porque tienen las páginas gastadas en esos párrafos que explican ese concepto clave. A veces unas calcomanías te llevan a ese cuento que siempre analizan en clase de semiótica. Ni qué decir de los libros heredados entre familias que conservan las firmas de sus miembros. Cada persona marca sus límites, sus experiencias y procesos. Habrá quienes consideren un sacrilegio señalar con lápiz las frases clave. Habrá quienes lo tengan que hacer. O quienes no duden en tomar un marcatexto para rastrear ciertas ideas. Un profesor en letras nos recomendó usar las hojas de guarda para hacer una pequeña reseña del libro y cuando volvamos, despertar esa memoria dormida. Lo que considero importante es que volvamos al libro un objeto de pertenencia, que haya una marca de su lector o sus lectores en él. La idea de libros como santuarios no sólo nos aleja de una auténtica interacción con el objeto, sino de la lectura en sí. Hasta la mancha de café que dejó el amigo de la preparatoria es un tesoro. O más bien un monumento, una memoria de qué lo leyó y lo disfrutó. Y si un libro no es para eso ¿entonces para qué?
Mario Alberto (1998) Tapatío renegado. Ha publicado su narrativa en revistas de Morelia, Nogales y Guadalajara. Actualmente estudia la Licenciatura en letras hispánicas en la Universidad de Guadalajara, donde se interesa por la lingüística, la didáctica y el análisis del discurso. Desprecia el concepto de nación, pero siempre se rinde ante el furor de los Mundiales de fútbol. Apasionado por el cine y el alpinismo. Fanboy de Juan Rulfo. Juega como defensa lateral.